PARTITURAS

La palabra “bertso” hace referencia a la popular forma lírica de la improvisación oral vasca cantada en euskera sobre una determinada línea melódica y con una métrica y rima concretas según los distintos tipos de estrofas. En la obra Bertso, el compositor Francisco Domínguez visibiliza esta singular y centenaria tradición literaria escogiendo como fuente de inspiración y como base de su pieza el texto Trago bat eta beste trago bat (Un trago tras otro trago) de la bertsolari Maialen Lujanbio. Con ese bertso, Lujanbio, que ya había sido la primera mujer en ganar el Campeonato Nacional de Bertsolaris (Bertsolari Txapelketa Nagusia) en 2009, conquistó por segunda vez este galardón en Barakaldo en 2017. En el texto, la autora muestra su sensibilidad hacia la identidad de género y hacia el cuestionamiento de los estereotipos sociales a través de una visión simbólica y poética del encuentro sexual entre dos personas. Una de ellas se declara de género fluido ante la sorpresa de la otra, desembocando en estos evocadores versos finales: “Apaga la luz y deja que sea la piel quien Vea”.

La obra Lantz del compositor guipuzcoano Mikel Chamizo, escrita en 2016 para txistu y tamboril, acordeón y set de percusión, está inspirada en un hecho extramusical: el carnaval de Lantz. Dicha localidad navarra recrea año tras año una historia mitológica de opresión, lucha y muerte protagonizada por tres personajes. Cada instrumento representa a una de estas tres figuras carnavalescas: el pobre gordo cuentacuentos Ziripot se expresa a través del txistu; el malvado gigante Miel Otxin, que simboliza a los malos espíritus y somete al pueblo de Lantz, respira a través del acordeón, y al saltarín e iracundo centauro Zaldiko, caballo aliado de Otxin que tira al suelo continuamente a Ziripot, le da vida la percusión. En palabras del propio compositor, “Lantz despliega un discurso musical conflictivo, salvaje y trágico, pero filtrado a través de la brillantez, la irreverencia y el sarcasmo, que son estrategias del carnaval para sobreponerse a la amargura de la realidad”.

La dedicatoria de la obra Hamaika ilargi (Infinidad de lunas) de Jagoba Astiazaran, “Al pueblo del Sahara Occidental”, remite a una de las disputas territoriales más duraderas y olvidadas del mundo contemporáneo. Desde 1976, la población de la zona vive exiliada en campos de refugiados en Tindouf (Argelia), en pleno desierto. “Conozco de cerca tanto el conflicto como al pueblo saharaui”, explica su autor, “y con esta pieza he querido reconocer y mostrar mi apego a ellos”. Su título hace referencia a la forma en la que los niños saharauis, durante sus estancias veraniegas en distintos puntos de España, cuentan los días que les quedan para regresar a sus hogares, mediante lunas y soles. La “infinidad” (“Hamaika” significa “once”, un número que en euskera se relaciona con el infinito) simboliza la prolongada extensión de esta crisis política y el tiempo que, previsiblemente, aún falta para su resolución.  

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